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Cruzar el Canal de Ballenas: la ventana de corriente que decide si tardas cuatro horas o doce

En las Islas Grandes del Golfo de California la corriente pesa más que el viento: la marea que llena y vacía todo el norte del Golfo se estrangula entre las islas y alcanza con frecuencia 3 o 4 nudos. Cruzar bien es aritmética hecha la noche anterior.

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Velero navegando entre las costas áridas y montañosas del Golfo de California

En resumen

La marea que llena y vacía el norte del Golfo de California —con más de cuatro metros de carrera— tiene que pasar dos veces al día por el estrangulamiento de las Islas Grandes, y ahí la corriente alcanza con frecuencia 3 o 4 nudos, más de lo que muchos veleros de crucero pueden compensar a motor. La travesía se planifica sobre la tabla de corrientes: se calcula la hora del cambio, se decide a qué hora hay que estar en el paso y se resta el tiempo de aproximación. Cerca de tierra hay contracorrientes que pueden convertir dos nudos en contra en medio nudo a favor. La ventana buena exige dos condiciones a la vez, no una: corriente a favor y viento moderado o en el mismo sentido, porque un norte contra la corriente levanta una mar rompiente y muy corta.

Hay una escena que se repite cada temporada frente a las Islas Grandes: un velero de diez metros, motor a dos mil doscientas vueltas, mar casi plana, y el plotter marcando 0,9 nudos sobre el fondo. La corredera dice cinco. Esos cuatro nudos de diferencia se los está tragando la corriente, y no hay potencia a bordo que los recupere.

El Canal de Ballenas no es el monstruo que se cuenta en los pantalanes, pero tampoco perdona la improvisación. Cruzarlo bien es una cuestión de aritmética hecha la noche anterior, no de pericia al timón. Y el canal de al lado se llama Salsipuedes, que no es un nombre poético: se lo pusieron por lo que hace la corriente.

Por qué hay tanta corriente aquí

El Golfo de California es un mar largo y estrecho, casi cerrado por el norte. La marea que entra por el sur tiene que llenar y vaciar toda esa cuenca, y cuanto más al norte, más amplitud: en la parte alta del Golfo la carrera de marea supera con holgura los cuatro metros, una de las mayores del Pacífico americano.

Ese volumen enorme de agua tiene que pasar dos veces al día por el estrangulamiento de las Islas Grandes: el Canal de Ballenas, entre la isla Ángel de la Guarda y la península, y el Canal de Salsipuedes, entre la península y la isla San Lorenzo, de unos 15 kilómetros de anchura mínima y unos 35 de largo. Un embudo, en resumen.

El resultado es que la corriente de marea alcanza con frecuencia los 3 o 4 nudos, y en los pasos más estrechos supera los 2 metros por segundo —casi 4 nudos— en los momentos de máximo flujo. Para un velero de crucero que navega a 5 o 6, eso no es un matiz: es la diferencia entre avanzar y quedarse clavado mirando la misma punta durante dos horas.

Hay un efecto secundario que conviene conocer, porque se ve y sorprende: esa mezcla brutal de agua sube agua fría del fondo. La zona tiene la temperatura superficial media más baja de todo el Golfo, y por eso está llena de vida. Es Reserva de la Biosfera —Bahía de los Ángeles, canales de Ballenas y de Salsipuedes— y verás ballenas y delfines con una frecuencia que no es normal en otras partes. Navega en consecuencia.

El método: la tabla antes que el timón

Esto se hace sobre la mesa de cartas antes de salir, no improvisando a la salida del fondeadero.

Primero, la hora del cambio de corriente para el día concreto. No la hora de la pleamar en el puerto donde estás: la corriente y la marea no van sincronizadas, y en un canal la corriente suele seguir girando un rato después de que el agua haya dejado de subir. Consulta las predicciones de marea y corriente para la zona —los servicios mexicanos de predicción de marea publican datos para los puertos del Golfo— y anótalas en papel. No confíes en recordarlas.

Segundo, dónde quieres estar cuando esa corriente empiece a trabajar a tu favor. El error clásico es salir a la hora que apetece y llegar al estrechamiento justo cuando la corriente arranca en contra. Lo correcto es al revés: se calcula la hora a la que hay que estar en el paso y se resta el tiempo de aproximación.

Tercero, y esto sorprende la primera vez: la corriente no cambia a la vez en todas partes. En un sistema de canales e islas, el giro llega antes a unos sitios que a otros. Puedes tener corriente a favor en la mitad del canal y en contra pegado a la costa, o al revés.

Y ahí está la herramienta que casi nadie usa: existen contracorrientes cerca de tierra, que corren en sentido opuesto a la corriente principal. Si el canal va en tu contra, arrimarse —con sonda, con luz y con la carta de detalle delante— puede convertir dos nudos en contra en medio nudo a favor. No es un truco de listillos: es la forma normal de moverse por aquí.

Regla práctica: si vas con la corriente, la ventana es ancha y puedes permitirte salir tarde. Si vas contra ella, sales cuando lo diga la tabla, no cuando termines el café.

El remolino de Salsipuedes

El nombre viene de lo que ocurre cuando esa corriente se encuentra con la geografía de la bahía de San Rafael: el agua no sigue recta, gira. Se forman remolinos y líneas de corriente visibles, con agua que hierve sin que haya un solo bajo debajo.

Con viento, el barco tiene gobierno y el asunto es incómodo pero manejable. El momento delicado es justo el contrario del que la gente teme: cuando el viento cae. Un velero sin arrancada dentro de un remolino de tres nudos no navega, flota y gira. Por eso, en esta zona, el motor no es una comodidad: es el que te saca de ahí.

Aquí el enemigo no es el temporal. Es la calma con corriente: el día bonito en el que dejas de gobernar sin darte cuenta.

El viento: el norte y el embudo

El mismo estrangulamiento que acelera el agua acelera el aire. El viento que baja por el Golfo se comprime entre las islas y la península, y donde el parte anuncia quince nudos puedes encontrarte veinte largos sostenidos.

El viento que hay que respetar es el norte, que sopla de noviembre a marzo y puede mantenerse días. Es viento en el eje del Golfo, así que baja sin obstáculos y levanta un mar corto y desagradable. El escenario que hay que evitar es el de siempre: viento contra corriente. Un norte de veinte nudos sobre una corriente de tres en sentido contrario levanta una mar rompiente, empinada y muy corta, con el barco cayendo en agujeros. La misma agua, con la corriente a favor, está casi plana.

Y ahí está la clave de todo: la ventana buena tiene dos condiciones, no una: corriente a favor y viento moderado o en el mismo sentido. Una sola no basta. La segunda condición depende de cuánto te puedes fiar del parte meteorológico, que entre islas y montañas se queda corto por el efecto embudo: suma margen a la cifra que veas.

Cinco comprobaciones antes de soltar amarras

  • La hora del cambio de corriente para ese día, y si estás en mareas vivas o muertas: la diferencia entre unas y otras cambia la velocidad de la corriente casi al doble.
  • La hora a la que estarás en el paso, calculada hacia atrás desde el fondeadero, no hacia adelante desde la hora a la que te apetece salir.
  • El parte, con margen añadido por el efecto embudo, y mirando específicamente si entra norte.
  • La carta de detalle de la costa, si piensas usar las contracorrientes cerca de tierra.
  • Combustible y motor revisados: aquí el motor no es un accesorio, es lo que te saca del remolino si el viento se va.

Cruzar las Islas Grandes bien planificado es una de las navegaciones más bonitas que existen: agua fría llena de vida, islas de piedra roja sin una sola luz por la noche y ballenas cruzando por la proa. Cruzarlo mal es una anécdota que se cuenta muchos años. La diferencia entre las dos cosas no está en el barco: está en haber mirado una tabla la noche anterior.

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